En la ya madrugada del Jueves Santo, el silencio es el manto que se tiende sobre la soledad de la Virgen de la Quinta Angustia (Antonio de Amusco, 1607). La procesión tiene un marcado carácter de austeridad y sobriedad, con la peculiaridad de que todos los penitentes salen desde el interior de la Capilla del Santo Sepulcro y vuelven a entrar a su regreso. Es, ante todo, una procesión de silencio, recogimiento y oración. Sólo los motetes gregorianos del Coro de la Quinta Angustia y el sonido de la caja que marca el ritmo de la carga, rompen el silencio reinante en las calles. De camino, un alto ante la puerta del Convento de Las Claras, donde tiene lugar un pequeño acto penitencial, glosando las Angustias de la Virgen. Allí se recoge  una cruz plantada ante la puerta y que seguirá sus pasos el resto de la procesión. Más adelante, en la Plaza de San Francisco, tiene lugar el acto de la promesa cofrade para los días del Triduo Sacro que comienza esa noche.