La tarde del Viernes Santo es testigo de excepción de la ‘Función del Descendimiento’. Llegándose las cuatro y media de la tarde sale del interior de la Catedral una comitiva formada por varios hermanos del Santo Sepulcro (ataviados con el blanco hábito procesional de la cofradía y sustituyendo capa y capillo por negros escapulario –en recuerdo a los frailes que representaron tiempo atrás la ‘función‘ – y cogulla para preservar la identidad de los participantes y retomando el color del hábito de la cofradía de San Francisco) situándose a los pies de la Cruz en la que está suspendida la figura de Cristo.

Desde ese momento el Cristo, crucificado y muerto, no está solo. De dos en dos, los hermanos del Santo Sepulcro se relevan en turnos de vela y oración hasta que, al filo de las siete y media de la tarde entregan el último turno a todos los hermanos que, juntos, con sus hábitos, han acudido desde su Palacio para participar con su silencio en el desenclavo.

Siendo las siete y media de la tarde, un toque de Tararú (otro de los detalles que marcan la idiosincrasia de la Semana Santa palentina) será la señal para que se abran las puertas de la Catedral y dé comienzo la Función del Descendimiento.

Doce hermanos del Santo Sepulcro salen, en procesión, desde la sede catedralicia dirigiéndose a los pies de las tres cruces. A los pies de la Cruz de Cristo, siguiendo las indicaciones de un narrador, retiran espinas y clavos y, envolviendo el cuerpo en un blanco lienzo, lo descienden y colocan sobre unas ‘andillas’.

Tras una breve oración, los hermanos portan a hombros las ‘andillas’, alumbrando al que será Luz con antorchas. Trasladan el cuerpo al interior de la Catedral bajo el rasgado tañer de la campana de difuntos, invitando al resto de hermanos de la cofradía a entrar junto a ellos.